Cailleach

Cailleach es el cimiento, el soporte original, la roca ardiente que fue nuestro planeta en el origen y que se fue enfriando y ahuecando para contener las aguas y la vida.

La roca que se convirtió en montaña y rompió sus entrañas dando a luz al fuego de sus profundidades. La montaña que se rompió en cavernas y se dejó atravesar por los ríos subterráneos.

La montaña que temblaba cuando en sus cumbres se acumulaban las nubes y se disparaban los truenos y rayos.

Cailleach era la piedra que venía del cielo, los meteoritos. La piedra de la tormenta, el granizo. La furia de los desprendimientos en los terremotos.

Cailleach es la Tierra del origen, la madre de los dragones telúricos que recorren sus entrañas.

Nuestros antepasados ancestrales se adentraron en sus cuevas y sintieron su piel húmeda, el útero de la madre. Percibieron su misterio y dibujaron sus manos abiertas, quizás para despertarla y que los reconociera como sus hijos. Dibujaron los animales que les servían de alimento, sus necesidades y sus esperanzas y lo que descubrían del mundo, como el tiempo y sus ciclos, el nacimiento y la muerte.

La sintieron poderosa, fértil, cíclica, peligrosa, abundante, sabia, absoluta, real, útero y cementerio.

En el neolítico la honrábamos en lugares que sentíamos especiales por su altura, su centralidad y su perspectiva celeste. Recreábamos su caverna uterina en los dólmenes y megalitos, que aprendimos a orientar a los solsticios y equinoccios en los que el Sol inundaba sus entrañas.

Dolmen, Gorafe. Foto de JoseMaría.

En sus profundidades le entregábamos a nuestros muertos, que eran suyos, todos lo éramos, todos los seres, toda la vida era ella.

Cailleach era espacio y tiempo, y al sembrar de grandes piedras los paisajes sembrábamos en ella nuestra memoria. Ella nos enseñó a pensar, a dialogar, a diseñar, a contar el tiempo y a recordar.

Cailleach era la Luna joven que se convertía en madre y después en abuela y que cada año acompasaba su ciclo con el Sol. Juntos nos enseñaron a danzar.

Ella es la semilla que se esconde en la tierra y guarda el secreto de la flor. Ella es la que renace en primavera como Brigid, brillante y vital.

Ella es la vieja sabia que vive en los cruces de los caminos y vigila las puertas del invierno y de la muerte, como la Hécate griega.

Ella es la bruja que guisa en su caldero mágico todas las penas, los miedos, las culpas, las sombras y los desechos de la vida. Ella es la psique que se atreve y experimenta, que digiere la memoria y alimenta su sabiduría y conciencia.

Ella nos recuerda replegarnos y protegernos en el tiempo de la oscuridad, como el Sol que se retira en invierno para descansar.

La mujer piedra es Cailleach, la Señora Montaña, la madre de las piedras y de las cavernas de Gea, la Señora de la Frontera.

Su sabiduría se guarda en los símbolos, el lenguaje que recorre las mitologías del mundo y que en el Juego de la Oca se despliega en la espiral laberíntica, símbolo del viaje de la vida.

En Escocia e Irlanda se la celebra en Samhain, el primero de noviembre, cuando con su corte de diablos y fantasmas abre las puertas del invierno.

En El miedo solo está en tus rodillas es la anciana que sufre el saqueo de su poblado y es también la mujer que vive en el bosque y que cuida a Sirka junto a una piedra sagrada.

En Cailleach aparece en las visiones de Sirka y señala el nido de dolor que rompe el tejido de la vida.

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